Fieles o Infieles, un Cielo en el Infierno

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Fieles o Infieles, un Cielo en el Infierno

Mensaje por LuciDeOz el Miér Feb 04, 2009 5:47 pm

Buenas!
Voy a subir el relato que he presentado este año para el concurso de literatura de mi instituto ^^ Espero que os guste, comentádmelo, me haría muchísima ilusión! =)
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LuciDeOz
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Re: Fieles o Infieles, un Cielo en el Infierno

Mensaje por LuciDeOz el Miér Feb 04, 2009 5:54 pm

Fieles o Infieles,
un Cielo en el Infierno





España, en el año de Nuestro Señor de 1212.
Danyal se alzó del suelo ágilmente y levantó con brusquedad la espada que blandía en su mano derecha contra la de aquel contrincante, el cual, si no fuera por su maniobra inmediata, le habría separado la cabeza del cuerpo. Le propinó un fuerte golpe con su arma al oponente cuando éste tuvo un pequeño fallo y lo tiró al suelo, inerte, en el acto. Se estaba volviendo rápidamente para enfrentarse a otro, cuando entonces, con el rabillo del ojo, captó la imagen de un buen amigo suyo, que en aquella batalla se encontraba, huyendo como un poseído. El movimiento de Danyal ante aquello fue inmediato, rugió para sus adentros y corrió tras él, con la ira grabada en la cara. Ambos se adentraron entre las pobres casas de aquella ciudad, uno detrás del otro, y el primero sin notar la presencia de su joven compañero. La lucha seguía por esa zona también, pero ya con menos hombres en pie, exhaustos; no obstante, el suelo se hallaba rociado de líquido color esmeralda, sembrado por cuerpos desangrados de guerreros entre dieciocho y cuarenta y pocos años, tanto muertos como agonizantes –algunos implorando auxilio entre gritos desgarradores-.
“¡Talut!” Gritó Danyal, exhausto por la carrera tras el desertor. No se encontraban a más de diez metros cuando, sin previo aviso, un cristiano se volvió bruscamente hacia su amigo. De un suave movimiento de muñeca, la cabeza de Talut fue desprendida de su cuerpo, que se desplomó sobre el suelo enseguida. Su asesino soltó una carcajada y se volvió hacia otro que le atacaba por la espalda. Desconcertado y temeroso, Danyal lanzó un alarido estremecedor hacia el cielo y empezó a correr en pos de aquel cristiano que había acabado con la vida de su amigo. Pero nada más comenzar su carrera, una mano –un tanto débil- le agarró del tobillo y le hizo tropezar. Se dio tal golpe en la rodilla que dos pequeñas piedras se le incrustaron en la carne, traspasando las medias. Soltó un gemido de dolor y se volvió, desafiante, hacia la proveniencia de esa mano. Contempló, perplejo, que se alzaba ante él una casa quemada –y aún humeante-, a punto de derribarse. Entonces, la curiosidad le corroyó hasta las entrañas y se adentró en aquel lugar abatido. Se volvió hacia la pared que se encontraba a la izquierda de la puerta y se quedó paralizado. Delante de él, una joven dama de vestido blanco, ahora medio roto y grisáceo por la suciedad, junto a su tez pálida, que se mostraba algo oscurecida por las cenizas y el humo, le miraba ansiosa, desesperada. De súbito, la activa mente de Danyal se quedó en blanco; las palabras se escaparon de su cabeza en menos de un abrir y cerrar de ojos. “Ayuda.” Suplicó la doncella, derramando unas lágrimas que humedecieron la suciedad de su rostro. El joven se recuperó al instante y carraspeó, acercándosele. La tomó por debajo de los hombros, ya que se escurría pared abajo, y la alejó de la puerta. “Estar aquí no es seguro.” Susurró Danyal. “Cuéntame, ¿quién sois?” “Cristiana, enemiga, llamadme como queráis. No pinto nada aquí… Mi padre y yo viajábamos hacia el norte, fuera de la carnicería de nuestra ciudad. Pero aquí… Nos hemos encontrado con la misma suerte. Y él…” Cogió aire repetidas veces, como si se ahogase, aferrándose con la mano su garganta. “Solo queríamos llegar a algún sitio de paz. Y ha muerto en el intento. Ahora me toca a mí, estoy segura. En estas tierras ni vencerá ni sobrevivirá nadie, que digan lo que quieran después.” El joven pensó un minuto mientras ella recuperaba la respiración y le preguntó: “¿Hacia dónde viajabais?” “A Cuenca.” “¿Solamente ibais vos y vuestro padre?” “Los dos. Mi madre falleció hace unos días, lo que fue la razón de nuestra marcha. Además, allí se encuentran dos primos míos.” Danyal quedó perdido entre sus ojos llenos de dolor y espanto, y no reaccionó hasta que notó que ella bajaba la mirada ante la intensidad de la suya. “Perdonadme” Susurró. “¿Y ahora qué pensáis hacer?” “Prefiero morir antes que viajar sola y ser esclava de un hombre o cualquier otra cosa horrenda. No se respiran buenos tiempos.” Su voz era segura, aterciopelada e intensa. “Cierto… ¿Me concederíais el placer de ayudaros? Digamos que yo también he perdido a mi familia, hasta este momento no tenía otro rumbo que el de seguir luchando.” La joven respiró hondo y le respondió: “Veréis, en este momento no debería confiar en nadie… pero no lo sé, algo me dice que… vos me socorreréis bien. Y ahora –cogió una bocanada de aire-, me encuentro entre la espada… y la pared. Para vivir hay que arriesgarse.” Una media sonrisa curvó los labios de Danyal. “No os preocupéis, no os pasará nada mientras estéis a mi lado.” Hizo una breve pausa y le preguntó: “¿Vuestro nombre?” “Isabela. ¿Y el vuestro?” “Precioso, como vos. Mi nombre es Danyal.” “No lo había oído nunca.” “Tal vez sea porque sois cristiana, mi señora. Mmm… Aguardemos hasta el anochecer, aquí ya no entrarán; esta casa ya ha sido medio destruida, no creo que la vuelvan a quemar. Cuando se agote la luz del día saldremos. Tomad esto.” Le entregó una cuchilla que guardaba en una de sus botas y le instó: “Defendeos así si es necesario. Es mejor estar prevenidos.” Isabela asintió y guardó la cuchilla en el interior de la manga de su vestido.
El rumor de la batalla fue desvaneciéndose poco a poco, junto a la luz de aquel atardecer, que cada vez era más incierta. Tenían suerte por hallarse en uno de los extremos del pueblo, donde difícilmente –pensaban- se toparían con algún guerrero. Danyal le hizo un gesto con la cabeza a Isabela, y acudió a la puerta a comprobar si algún cristiano o musulmán seguía en pie por aquella zona. Tres hombres, cristianos por sus vestiduras y su acento, carcajeaban mirando alrededor con orgullo. “Asquerosos” Se dijo a sí mismo el joven. Entonces, la mirada de uno de ellos se paró de sopetón en la casa, descubriendo a Danyal, el cual gruñó exasperado y se alejó unos metros de allí para procurar que esos cristianos no se acercaran a ella y descubrieran a su protegida. Los tres sacudieron sus espadas en el aire y volvieron a reír, aproximándose al chico hasta arrodearle. Pensó que no sería capaz de salir con vida de ahí si los tres le atacaban a la vez, por lo que ideó enseguida una estrategia. “¿Qué pasa? ¿Que los tres por separado no os creéis capaces de vencerme?” Los aludidos gruñeron y le sacaron los dientes amarillentos, pero se separaron. Uno de ellos, el más robusto, comenzó a dar espadazos al aire en su dirección, por lo que Danyal chocó su arma contra la suya repetidamente sin un solo titubeo para no ser aplacado por aquella enorme fuerza. Transcurrieron unos segundos hasta que el hombre se lanzó a la carrera contra él, con todo su peso. El joven se apartó y le propinó por la espalda un corte en la nuca. El afectado, gritó de dolor y cayó al suelo, tocándose la cabeza con sus manos temblorosas. Danyal aprovechó entonces para otra asestada más, quitándole el dolor… y la vida. Los otros dos se le lanzaron sin esperar un solo segundo, furiosos. El chico impulsó su brazo con toda la rapidez de la que fue capaz, esquivando cada golpe mortal, cada ataque. Le hacían caminar hacia atrás, atacándole por delante, alejándole de la casa. Algo rugió en su interior ante el pensamiento de ser derrotado, se agachó un cuarto de segundo y corrió hacia su lado izquierdo, alejándose de los otros, que quedaron perplejos ante su extraño movimiento. Pero no fue tan mala idea, pues cogió una de las espadas de los cadáveres que se encontraban en el suelo. Se acercó a sus oponentes y comenzó a dar golpetazos en el aire en ambas direcciones. “¡EH!” El grito de llamada de Isabela hizo darse la vuelta a los dos cristianos, momento que aprovechó Danyal para clavarles las dos espadas. Ambos siguieron en pie, tambaleándose, solo dos segundos más. Se desplomaron enseguida y el aire quedó en silencio, a excepción de tres caballos, ya sin amos, que olisqueaban entre los cuerpos inertes.
“¡Isabela!” La llamó urgentemente, corriendo hacia uno de los caballos. La aludida le siguió apresurada, agarrándose el vestido a la vez. Danyal subió al primer caballo que se cruzó, de un negro tizón, y amarró la mano de la joven, ayudándola a subir tras él. “Dirección nordeste.” Susurró para sí mismo.
Tras la precipitada huída, la cabalgata se hizo cada vez más tranquila, casi monótona. El viento les acariciaba en la cara, inundándoles con ráfagas de libertad. Hablaron a ratos, conversaciones sobre dónde vivían los primos de Isabela a los que acudirían, o sobre lo que harían cuando llegaran a Cuenca. Alrededor de cuatro horas después, aminoraron la marcha, y casi al paso, se internaron en un frondoso bosque, a un lado del camino. Dejaron al caballo beber agua de una extensa charca y comer de los frutos de los arbustos, mientras, ellos durmieron hasta el amanecer, acurrucados entre dos árboles de gruesas raíces que sobresalían por encima de la tierra.
Comenzaron de nuevo la marcha al trote, retomando el camino con sumo cuidado para no confundirse en el leve claror del nuevo día. Después de nueve intensas horas, habiendo hecho un par de pausas, entraron en un prado verdísimo en el que soplaba una suave brisa que removía el césped y sacudía con cuidado las hojas de los árboles que a su alrededor se erguían. Al caer de un árbol, un poco más allá de ellos, había un riachuelo de agua cristalina, con tenues movimientos en su superficie. El caballo aceleró el paso hasta llegar a la orilla, donde los jóvenes se bajaron y bebieron agua aceleradamente, lavándose la cara y las manos. Al cabo de un rato, Danyal se desprendió de su túnica musulmana y se colocó la túnica blanca con una cruz roja en la espalda que se encontraba en el interior de la bolsa que colgaba del caballo, perteneciente a uno de los cristianos caídos. “Así tendré posibilidades de que no me maten nada más entrar en territorio infiel. Tengo suerte de no tener barba.” Isabela rió. “Sois demasiado joven para tenerla.” El chico gruñó y le susurró un “No os creáis…” “¿Qué edad tenéis?” “Ando por los veinte, ¿y vos?” “Diecisiete.” Suspiró. “¿Y vuestro padre no os ha casado aún?” “Mi familia no había acordado aún mi matrimonio con ninguna otra de la nobleza. Todavía no habían encontrado al pretendiente adecuado, por lo que yo vivía feliz sin compromiso alguno, libre de las ataduras que conlleva el matrimonio y las responsabilidades de ser madre antes de estar preparada para ello.” “Eso a mí me parece perfecto… y extraño.” Isabela se encogió de hombros. Ya tenía el rostro limpio, resplandeciente a la luz del sol. Unos minutos después, ambos se encontraban comiendo frutos de distintos árboles, saciando a la vez que la sed, el hambre.
Enseguida reanudaron la cabalgata, y en una hora y poco más llegaron a la ciudad de Cuenca, en la que se apearon cautelosamente y se adentraron por sus atestadas y estrechas callejuelas. Tras varias vueltas, dieron con la casa de sus primos, Cristina y Marcos, que se encontraba céntrica en la ciudad. Los dos les acogieron sorprendidos, y cuando Isabela les informó de la muerte de sus padres, ambos se estremecieron de espanto y dolor. Danyal y ella les explicaron la causa por la cual el joven musulmán se encontraba en ese instante con ellos, lo que provocó una enorme sorpresa y agradecimiento en ambos primos por tan gran acto de valentía en socorrer a su querida prima. Esa noche la pasaron allí, recuperándose sobradamente de todo el ajetreo de los días anteriores.
Después de una buena comida, un buen baño y un cambio de ropas, salieron a pasear los cuatro por la zona, mostrándoles a los dos jóvenes la Cuenca en la que ellos vivían. Fue entonces cuando, atravesando el mercado, lo que parecía ser un día bonito se convirtió en una pesadilla. “¡MUSULMÁN! ¡MUSULMÁN!” El grito vino de un viejo guerrero retirado, que al instante reconoció Danyal: había luchado contra él uno de sus primeros días combatiendo contra los infieles. Y ese viejo había logrado escaparse de sus garras, riéndose de él. Cristina y Marcos se volvieron hacia él, aterrados, mientras los vigilantes del mercadillo, junto con curiosos escandalizados, corrieron en su dirección. Los cuatro desaparecieron enseguida de la zona, dieron varias vueltas entre distintas callejuelas y llegaron, de nuevo, hasta el hogar de los primos. “Huiré de aquí lo más rápido que pueda.” Exclamó Danyal, a la vez que cogía su espada y la colocaba en el caballo. “Iré con vos.” El joven se volvió, atónito. “¿Pero qué decís?” “Sí, eso. Cristina… Oh, gracias. Toma, guárdala en la bolsa.” Dijo Isabela mientras recibía comida por parte de su prima y se la entregaba a Danyal para guardarla. La joven se despidió rápidamente de sus familiares y les prometió que todo les iría bien. Se montaron en el caballo y salieron al galope hacia las puertas de la gran muralla.
Allí, aguardando, varios centinelas se encontraban armados. “Vinimos a hacer una visita a familiares, no queremos problemas, por Dios. Estamos solos.” Les instó Isabela, suplicante, al jefe de la guardia. Tras un rato y bastante hablar entre los encargados de la apertura de la puerta, les comunicaron la conclusión final: no deberían volver más, ya que no tenían permitido dar paso a ningún musulmán. “Debéis quedaros aquí, Isabela. Aquí está vuestra familia, fuera no tenéis nada. Solo hay guerra.” “No todo es oscuro allá fuera, por donde pasamos en el trayecto solo había paz, no mintáis así. Y mis primos son muy felices como están, no quiero ser ninguna carga. Y con vos no creo que lo sea, Danyal.” Éste sonrió para sus adentros, sentado delante de ella en el caballo.
Les abrieron las puertas de la muralla y salieron al galope, en dirección desconocida. Al cabo de un rato, se dieron cuenta de que habían vuelto al hermoso prado que visitaron el día anterior. Bajaron del caballo y lo dejaron libre, sin ataduras.
Los dos, relajados ante aquel ambiente de paz, se sentaron el uno junto al otro en la orilla del riachuelo, con los pies en el interior de la tibia agua. El silencio, a veces es mejor que cualquier palabra, y en aquella ocasión ambos se volvieron mudos y convirtieron el sosegado silencio en apasionados besos…

“¿Adónde os gustaría marchar cuando os canséis de este lugar? Supongo que… habrá que hacer planes, tal vez.” Le preguntó Danyal, curioso, mirándole a esos ojos que le tenían hechizado desde el primer momento. “No quiero pensar adónde tendremos que ir cuando transcurra un tiempo, quiero sentir que somos libres.” Le instó. Él se le quedó mirando, sorprendido, así que ella añadió: “Mientras la felicidad sea nuestro día a día, el lugar, el momento y todo lo demás, no me importará.”
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Re: Fieles o Infieles, un Cielo en el Infierno

Mensaje por angela* el Miér Feb 04, 2009 8:52 pm

wenas amoreeeeeee me enkanta de verdad sta xuliiiisiiimooo jejejejej
weno pues kiero ke subas mas!!jumm jejeje
weno preciosa ke tkmmmm Very Happy
chaoooo
tkmmm

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Re: Fieles o Infieles, un Cielo en el Infierno

Mensaje por LuciDeOz el Miér Feb 04, 2009 9:57 pm

Graciiaas!! =D* Ya subiré... cuando esté inspirada xD
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Re: Fieles o Infieles, un Cielo en el Infierno

Mensaje por CASABUENA el Vie Feb 06, 2009 8:59 pm

buah bueno ya lo lei

tienes razon en eso de que el principio es sadico

me dieron ganas de matar a alguen, al viejo ese que decia MUSULMAN MUSULMAN, la madre que lo pario

si esque los cristianos son mas malos que la ostia (nunca mejor dicho XD)

olle pues te lo has currado mucho

en que posicion quedaste en el concurso

cuando te conectes me lo dices OK?

adios
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Re: Fieles o Infieles, un Cielo en el Infierno

Mensaje por LuciDeOz el Sáb Feb 07, 2009 1:14 pm

Mmmm.... Aún no he entregado el relato! Y el ganador no se sabrá hasta mayo o junio... Así que aún queda xD Pero bueno... Graciias! =D*
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Re: Fieles o Infieles, un Cielo en el Infierno

Mensaje por Albita el Sáb Feb 28, 2009 2:26 am

tia te las currao! xDD

super bien Very Happy

sigelo,anda king

xau!
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Re: Fieles o Infieles, un Cielo en el Infierno

Mensaje por LuciDeOz el Sáb Feb 28, 2009 2:34 am

jiji asiias tíía!

amm, por cierto, este relato al final no lo he presentado al concurso del instituto, sino al del Espacio Joven que lo lleva a cabo éste y el ayuntamiento de Yecla ^^ Hay más extensión respecto a las edades por lo que perfectamente me pueden ganar xD pero bueno =D* y al instituto he presentado otro, que hice ayer noche desde las nueve hasta las dos de la madrugada creyendo que hoy era el último día de entrega T.T jajajaja si es que soy tonta, que era el dieciséis de marzo, cachis. Ya lo subiré! ^^


Besos!
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Re: Fieles o Infieles, un Cielo en el Infierno

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